Crítica a la razón práctica

"Porque hay sueños que valen... más que todas las realidades" Antonio García Barbeito

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Lugar: Sevilla, Sevilla, Spain

6/16/2006

Su vida

Siento envidia, mucha envidia, de todos vosotros, aquellos que me escucháis y aquellos que nunca llegarán a oírme. Siento envidia del aire cálido que pasa por cada pulmón feliz y siento envidia de cada carcajada despreocupada que al pasear veo en las calles ignorantes. Envidia, siento envidia, de cada abrazo que conmigo no comparten, de cada mano entrelazada entregando seguridad y cariño, de cada mirada cumplidora, de cada chaqueta prestada al frío de invierno. Envidia.
Porque cuando se está triste es cuando mejor se escribe, y porque si eso se cumpliera, Calderón me tendría que hacer un sitio en sus sueños.

Desde mi nacimiento fui un indeseado, fruto de un matrimonio obligado joven e inexperto; muestra de la irresponsabilidad de los que se hacían llamar padres, y yo, castigado antes de actuar, entre sábanas viles, vine al mundo.
Mis abuelos me achacaban la infelicidad de mi madre que solo hacía llorar y repetir que le había destrozado la vida con mi presencia, mientras mi padre, me saludaba enseñándome las escasas monedas que había tenido que sudar durante horas para que yo, tumbado e inocente, las gastara.
Aún siento ese frío agudo de noche por no tener mantas y esos llantos desgarrados de hambre, mientras mis vecinos me amenazaban con echarme a la calle, donde apenas, creo yo, notaría diferencia.

Dicen que de lo que recibes, das la mitad; y que lo nunca tienes nunca echas de menos.
Pero yo sí lo eché. Eché de menos un beso de buenas noches, un: ¿Quieres un poco más para comer?, un ¿Te echo más agua?, un: Escribe la carta para los Reyes Pablo, que hay que echarla al buzón.
Eché de menos que mi madre me contara cuentos, eché de menos que alguien me enseñara a contar y que alguien se sentara conmigo delante de la tele a ver los dibujos animados.
El sufrimiento formaba ya parte de mí, era un desgraciado que si se hubiera muerto hubiera dado algún que otro desasosiego, un triste infeliz que Dios no quiso antes de pronunciar la primera palabra.
Tuve que aprender a caminar solo, entre caídas y labios rotos, aprendí a callar mis sentimientos y a encontrar mi catedral sagrada para cuando mi padre volviese enfadado del trabajo.
Así me hice más huraño, más frío, más impasible, más solitario. Yo era mi mejor amigo y los libros, mi mejor consuelo.

Lo que nunca pensé fue que me presentarían a la felicidad, y que ella estaba incluida en un sueño compartido; nunca pensé que un día al pasar por la fábrica de sueños cargado de bolsas que ninguna iba para mí alguien me arrastrara a soñar con ellos.
Y fue una frase, una simple frase, la que me regaló el mejor regalo de reyes:
“El Sevilla FC es un club para todos los hombres, de cualquier nivel social, ideas religiosas o políticas, que tendrán aquí cabida”
Esa frase, dedicada para todos y llegada a muchos, había sido hecha para mí. Y yo también quería escribirla; y sentirla, y promulgarla, y gritarla, y vivirla, y soñarla.

No pudiendo pagarme el carné me metí de seguridad y durante noventa minutos me sentía feliz. Feliz. Feliz.
Tímidamente me asomaba al terreno de juego y soñaba con poder ir algún día con mi entrada, o por qué no, con mi propio carné, a sentarme en esas gradas con una bandera entrelazada a la mano; el nudo que demostrara que lo que cuelga de mi brazo, también es mío.
Creo que fue el tiempo el que quiso secarme y abrazar cada lágrima que derramé en mi triste infancia. Creo que fue alguien que se apiadó de mí y me dejó ser feliz. Creo que fue ella, la mujer que más quise y sigo queriendo aunque hoy ya desde el cielo, la que me regaló un trozo de vida por la que seguir luchando. Creo que fue mi vida la que me enseñó a tratar como la porcelana cada gesto de cariño. Creo que fueron mis dos hijos, a los que llevé a mi Pizjuán entre lágrimas y ellos, sin entender, preguntaban: Papá, ¿Por qué lloras...?