Cuarenta años
Cuarenta años.
Cuarenta años sin una mañana de abril, sin un azahar de primavera, sin una tarde de feria, sin una mirada en alza para observar el Giraldillo, sin un Jueves Santo, sin un partido del Sevilla, sin Sevilla.
Cuarenta años, cuatro décadas en el exilio, cuando tuve que venir aquí, a la curva de ballesta de Machado, a la orilla del Duero.
Tardé mucho, mucho tiempo en dejar entrar al verbo “echar de menos” en mi vida, ya fuera por comodidad o por cobardía; pero hoy, dieciséis de febrero de dos mil seis, tras un par de copas en la barra de un bar con aire melancólico, cuento en las esquinas de una servilleta mi propia: Crónica de Nervión.
Con una maleta en la mano, un plano en el bolsillo y tres gotas por la mejilla le conté a mi amada el adiós, adiós que soñaba con ser un hasta luego.
Mi corazón latía con fuerza, mis manos me temblaban y una sensación fría me recorría todo el cuerpo. No sabía por qué, ahora que había encontrado un trabajo digno y debía estar feliz sólo se me ocurría querer quedarme y vivir en la miseria.
Pero me monté en el tren con ojos que desnudaban, temiendo olvidar y acabar inventándome mi propio sentimiento, que al final, de tanto despecho, me lo terminaría por creer.
Y así la dejé, con una tristeza que asustada, dándome cuenta de la simplicidad de mi existencia en este mundo, donde nadie me había preguntado si yo quería ser feliz, si quería quedarme o quería irme, si quería continuar durmiendo bajo su aire o quería pasar frío por el norte de nuestro país. Pero no, nadie se molestó y tuve que resignarme en coger aquel vagón de las seis de la tarde donde algo que más que setecientos kilómetros arrasarían al marchar.
Llegué a la estación de Valladolid donde un señor muy bien vestido y un cartel en la mano me esperaba. Mi cara de cansancio, ojerosa y apenada no formaban un conjunto muy deseado para la dura crítica de la primera vez, pero ni mi sonrisa disfrazada de formalidad pudo evitar un: ¿Te ha sentado mal el tren?
Comencé mis primeros días con una pena que me envenenaba cada vez más, intentando mantener la cabeza ocupada con lo que fuera para no dejar entrar ni la sombra del olvido en mí. Y así pasaron los años, viviendo en una mentira, haciéndome creer que no me faltaba nada, que así era feliz, ganando dinero y viviendo bien.
Pero dicen que cuando enfermas y te curas, si vuelves a recaer es mucho peor que la primera vez.
Cierto.
Una mañana de octubre mientras iba a coger el coche vi a dos muchachos, o mocitos como se diría aquí. Uno de ellos, el más alto mostraba una bandera extendida de color carmesí. La miré y pensé: cómo me puede sonar algo que nunca he visto.
Me acerqué hasta ellos y le pregunté al que la portaba: Perdona, esa bandera, ¿Qué significa?
“Es la bandera del centenario del Sevilla F.C. señor”
Mi rostro ruborizado por mi ignorancia me impidió volver a mirarla, le dije gracias y me fui.
Desde esta zona de España, las noticias sevillistas apenas llegan, y si lo hacen, son para reprochar alguna actuación de nuestro equipo.
Sabía que era su centenario, pero que existía una bandera con valor de cien años lo desconocía.
No dejé de pensar en toda la noche en aquel trozo de tela que me había traído tantos recuerdos erróneamente olvidados.
Como yo no podía ir a buscarlo, él me vino a buscar a mí.
Quería volverlo a ver, quería volver a pisar su estadio. No os podéis imaginar lo afortunados que sois los que cada domingo vais al Pizjuán. No sabéis lo afortunados que sois de poder gritarle te quiero y que te oiga, de poder gritar gol y hacer el grito general más fuerte, de poder ensalzar la bandera haciendo caso omiso al dolor de los brazos. No sabéis lo afortunados que sois de poder soñar cada quince días junto a él, de poder decir en casa: Hoy el fútbol es a las 9, llegaré sobre las 11 y cuarto.
No lo sabéis, no lo sabéis bien. Porque sólo se valora algo cuando se pierde.
Porque yo le quería, pero no se lo dije las veces suficientes que debía haberlo hecho.
Porque usar el verbo “deber” en pasado es sinónimo de no haber actuado bien.
Porque tenéis vuestro sentimiento al alcance de vuestros ojos, y no como yo, que tengo que consolarme con ir a robarle susurros cada noche entre sueños.


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