1905
En una Sevilla en blanco y negro, cuando el sol empezaba a decir adiós al día y estaba más bonita que nunca. Se daban cita en el bar Tupinamba los apasionados de ese deporte que hacía tanto ruido en Inglaterra y del que decían que sería el deporte del futuro. La gente de la calle reía diciendo, “cuatro locos que se ponen a correr en pantalón corto detrás de una bola”
Ellos hacían oídos sordos y continuaban preparando este boceto de ilusión.
Habían sufrido demasiado, y ahora obtendrían la recompensa.
Joaquín Valenzuela mataba las horas contando cuantas patas de mesa había en aquel bar mientras de reojo vigilaba la carpeta de cuero marrón que José Luis Gallegos portaba bajo el brazo.
“No sabía que los sueños cupiesen en carpetas”, se decía.
Su madre le contaba que al dormir, el tiempo corre para que la vida no te canse. Se despidió de los hermanos Laffita, Paco Alba… y se entregó al dios Morfeo.
La claridad matinal de octubre le cegó y como alma que lleva el diablo llegó hasta el número 69 de la calle Sierpes. Allí se encontró a José Luis con el bigote más alto que nunca.
14 de Octubre del año 1905, el Sevilla Football club acababa de abrir los ojos.
En las cercanías al futuro barrio militar, número cuatro, puerta tres vivía Juan con su mujer y su hijo.
Juan era de esos hombres de principios de siglo cuya filosofía era: la vida es un camino de sufrimiento. Frío por naturaleza, ya había hecho todo lo que en la vida un católico debía hacer: Casarse, tener hijos y trabajar.
De vez en cuando, creyendo que el que vigila dormía, se echaba una partida de cartas en el bar y discutían de política, religión, los derechos de la mujer… en esas trifulcas dialécticas, lo que él decía iba a misa, tenía el don de la palabra y ay de aquel que le contradijera…
Un sábado, en una tarde oscura de enero, un valiente dijo: “Yo este Lunes iré a ver un partido del fútbol, el Sevilla contra el Recreation Club de Huelva, a ver si es verdad lo que dicen”.
Juan, molesto, preguntó: “Vaya, ¿Y qué dicen?”.
“Que juegan como ángeles”
Antes esto, soltó una insultante e irónica carcajada repitiendo que era absurdo lo que oía, y que no sacara a los ángeles de donde tenían que estar.
Llegó el lunes y volviendo de misa no tuvo más remedio que pasar cerca del campo de Tablada. Resignado le dijo a su hijo que ni se atreviera a mirar, pero ya era demasiado tarde. El niño ya estaba con los amigos, eligiendo favoritos…
Entre quejas fue a por él pero aprovechando que no veía a nadie conocido decidió mirar.
Ahí estaba un Sevilla en blanco, con un escudo perfilado por Laffita y medias negras. El portero, al que le decían Valenzuela vestía completamente de negro y estaba sentado en una silla dentro de la portería. Se le veía duro, fiero, con fuerza, pero emocionado… en sus ojos brillaba esa luz que Juan aun no entendía.
Empezó el partido y no hizo falta mucho tiempo para que sintiera un espasmo asustadizo, queriendo huir y queriendo quedarse. Se le movían sólo los pies… estaba invadido por una sensación que crecía dentro de él…lo estaban envenenando de sevillismo. Quería mover las manos, gritar, saltar, vibrar, decir “uyss”, cantar un gol, quería llorar, quería coger a su hijo para que viera mejor que él lo que él estaba viendo y así comprobar que era cierto.
Se miraba la barriga, incrédulo, al sentir que algo le hacía cosquillas, que empezaba a sentir un sudor gélido que repartía su alma en escalofríos…
Se asombraba al comprobar que estaba creando un sentimiento, que estaba coloreando el aire de blanco y rojo, que de la nada había creado una ilusión, que había logrado tocar una sensación con las yemas de los dedos…
Su hijo, con las manos en los bolsillos se acercó y le dijo: “Tranquilo papá, no se lo diré a nadie..."


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