Un tal...
Basado en un texto de David Maqueda.
Y mirando hacia arriba, intentando ver lo que las nubes impedían, me encontraba yo, Davor Suker, aprendiz de italiano en tierras sevillanas y croata de nacimiento jugando en zona griega.
Quién me lo iba a decir cuando llegué a Sevilla; Sevilla… cómo puedo olerla desde aquí, desde tan lejos pero tan cerca, cómo puedo sentir los aplausos del Pizjuán, los ojos de mi familia, la sonrisa de los míos. Cómo puedo tocar la felicidad, cómo me gusta jugar con ella…
Cómo me alegro de aquel partido contra el Salamanca, sabiendo que yo tenía que ir, que no podía fallar a los sevillistas, que no podía fallar a mi Sevilla.
Por eso ahora tienes que marcar, Davor, tienes que hacerlo por ellos, por los que sueñan con verte celebrar un gol, quitarte la camiseta, hacerles ver, que son grandes.
Que si lloran, lloren de melancolía, que si cogen el calendario, sea para organizarse para el próximo partido, y que si celebran algo, no sea para olvidar.
Mira el balón, mira la portería, no es imposible, lo imposible es para los cobardes, y tú has sido valiente Davor, tú siempre has ido con el corazón, por eso te has enamorado, por eso se han enamorado, por eso quieres volver, por eso quieres quedarte.
El estadio está repleto, todos de pie, nadie se fía de mí, ¿Más presión? No, más orgullo. Que griten, que me intenten transmitir miedo, que me intimiden, que me desnuden, que hagan lo que quieran, yo sólo escucho a la bombonera, yo sólo escucho a mi afición, porque es mi afición, porque es la única que puede nombrarme y yo, mirarles.
“Métela croata, métela”, me grita Juan Carlos desde atrás. El sudor me recorre la frente, la tensión me sale de cada poro, mi cuerpo grita. Hay que marcar.
Yo dije que no quería ver la tele los miércoles y prometo no verla, prometo no verla porque estaré jugando y seré yo, el que ocupe la pequeña pantalla, será a mí al que me verán, seré yo el que aparecerá escrito en letras de oro en el campo de mi vida, en el de mi corazón, en el que siempre me acompañará.
Uno, dos, tres, cuatro pasos hacia atrás. Ya no escucho a la grada griega, ahora escucho a los blanquirrojos, a los palanganas, ahora veo la Giralda, el río, la Torre del Oro, ahora veo a Sevilla. Ahora veo a mi ciudad. Vamos, deja de pensar, y dedícate a escribir historia en corazones legendarios.
No sé si la fallaré, no quiero, no puedo hacerlo, tengo que marcar, no pienses eso Davor, tienes que lograrlo, tienes que hacerlo por ellos, tienes que luchar, tienes que creer, tienes que pensar que se puede, que se siente, que sólo nosotros, podemos lograrlo.
Quiero salir como entré, por la puerta grande, no quiero que me olviden, no quiero morir, quiero ser perenne, quiero ser Sevillista aquí y dónde decida partir, no quiero olvidar a qué huele ese campo, cómo suenan sus palmas, cómo me animaban, cómo eran mi otro yo.
Ahora los oigo, a todos, a los que están y a los que no están, a los del primer, segundo y tercer anillo. A los que creyeron y a los que dudaron, a los que siempre están y a los que se van a ratos. Ahora todos me miran, demuéstraselo Davor… vuélvete inmortal.
Suena el silbato…
… va por ustedes.
Y mirando hacia arriba, intentando ver lo que las nubes impedían, me encontraba yo, Davor Suker, aprendiz de italiano en tierras sevillanas y croata de nacimiento jugando en zona griega.
Quién me lo iba a decir cuando llegué a Sevilla; Sevilla… cómo puedo olerla desde aquí, desde tan lejos pero tan cerca, cómo puedo sentir los aplausos del Pizjuán, los ojos de mi familia, la sonrisa de los míos. Cómo puedo tocar la felicidad, cómo me gusta jugar con ella…
Cómo me alegro de aquel partido contra el Salamanca, sabiendo que yo tenía que ir, que no podía fallar a los sevillistas, que no podía fallar a mi Sevilla.
Por eso ahora tienes que marcar, Davor, tienes que hacerlo por ellos, por los que sueñan con verte celebrar un gol, quitarte la camiseta, hacerles ver, que son grandes.
Que si lloran, lloren de melancolía, que si cogen el calendario, sea para organizarse para el próximo partido, y que si celebran algo, no sea para olvidar.
Mira el balón, mira la portería, no es imposible, lo imposible es para los cobardes, y tú has sido valiente Davor, tú siempre has ido con el corazón, por eso te has enamorado, por eso se han enamorado, por eso quieres volver, por eso quieres quedarte.
El estadio está repleto, todos de pie, nadie se fía de mí, ¿Más presión? No, más orgullo. Que griten, que me intenten transmitir miedo, que me intimiden, que me desnuden, que hagan lo que quieran, yo sólo escucho a la bombonera, yo sólo escucho a mi afición, porque es mi afición, porque es la única que puede nombrarme y yo, mirarles.
“Métela croata, métela”, me grita Juan Carlos desde atrás. El sudor me recorre la frente, la tensión me sale de cada poro, mi cuerpo grita. Hay que marcar.
Yo dije que no quería ver la tele los miércoles y prometo no verla, prometo no verla porque estaré jugando y seré yo, el que ocupe la pequeña pantalla, será a mí al que me verán, seré yo el que aparecerá escrito en letras de oro en el campo de mi vida, en el de mi corazón, en el que siempre me acompañará.
Uno, dos, tres, cuatro pasos hacia atrás. Ya no escucho a la grada griega, ahora escucho a los blanquirrojos, a los palanganas, ahora veo la Giralda, el río, la Torre del Oro, ahora veo a Sevilla. Ahora veo a mi ciudad. Vamos, deja de pensar, y dedícate a escribir historia en corazones legendarios.
No sé si la fallaré, no quiero, no puedo hacerlo, tengo que marcar, no pienses eso Davor, tienes que lograrlo, tienes que hacerlo por ellos, tienes que luchar, tienes que creer, tienes que pensar que se puede, que se siente, que sólo nosotros, podemos lograrlo.
Quiero salir como entré, por la puerta grande, no quiero que me olviden, no quiero morir, quiero ser perenne, quiero ser Sevillista aquí y dónde decida partir, no quiero olvidar a qué huele ese campo, cómo suenan sus palmas, cómo me animaban, cómo eran mi otro yo.
Ahora los oigo, a todos, a los que están y a los que no están, a los del primer, segundo y tercer anillo. A los que creyeron y a los que dudaron, a los que siempre están y a los que se van a ratos. Ahora todos me miran, demuéstraselo Davor… vuélvete inmortal.
Suena el silbato…
… va por ustedes.


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