Mi amigo Gonzalo
Gonzalo jugaba en el colegio como cada lunes. De seis a ocho tenía el privilegio de jugar en aquel campo, que a sus ojos, el Camp Nou se quedaba pequeño. Ése era su campo, el de los hoyos y los baches.
Con su chándal desgarrado, cubierto de parches muestra de la aceptada derrota de su madre a llevar al niño siempre bien puesto y unas botas asesinadas poco a poco por un balón se encontraba allí, expectante de que sus compañeros terminaran de hacer el famoso “pare-none” y empezar a jugar.
Ese día estaba especialmente ansioso por tocar la pelota. Su padre, había vuelto de esos viajes tan largos que hacía con el gran camión y le había traído un regalo para hacerle ver al niño que pequeños lujos sí se podía permitir.
Nada más y nada menos que la camiseta de lo que sería una leyenda, Davor Suker. No se podía creer que esa camiseta, ese tacto, ese escudo, ese nombre y ese número hubieran sido hechos para que él lo llevara puesto. Que le pertenecía a él, que un trocito de Davor, era suyo.
En el barrio, todo el mundo conocía a Gonzalo, niño rubio con los ojos marrones muy grandes, que, si lo veías, sabías con certeza que no muy lejos andaba un balón. Te hacía lo que tu quisieras y más. Los ancianos del banco siempre le decían: Ven hijo, asómbranos con tus maravillas.
Y éste con la sonrisa de un cumplido echaba a volar el balón para recogerlo entre algodones. Lo trataba como si se fuera a romper, finamente y con una elegancia que a más de uno robaba un: Tú no debes estar aquí, Gonzalo.
Y es cierto, Gonzalo no debía estar ahí.
Soñaba con una prueba, la prueba de Abril a la que su tío le prometió llevar. Se imaginaba llegando con su camiseta del gran Davor vestido de rojiblanco y un cartucho de ilusiones dentro del bolsillo. Un sueño en forma de balón.
Ese día, se le hizo de noche en el campito y se dio prisa para no enfadar a su madre ni hacer esperar a la recompensa que esperaba encima de la mesa.
Lo que no sabía nuestro amigo era que su futuro no quería esperar a Abril y allí en un semáforo, en un suspiro, en un instante….un coche. Gonzalo; y el silencio.
Un ladrón dándose a la fuga por haber robado en una tienda de deportes le había arrollado. ¿Existen los ladrones de sueños? ¿Cuál es la pena por robar un sueño?
Lo siguiente que recordó Gonzalo fue una luz molesta, y mucha gente hablando encima de él; estaba en una ambulancia.
Le dolía todo el cuerpo menos las piernas. “No me duelen las piernas pensaba, no me duelen, el dolor está en la espalda” En las piernas, no sentía nada, nada...nada.
En el hospital el médico se acercó al padre de Gonzalo y le dijo que la médula espinal estaba destrozada. En otras palabras... su hijo no volvería a andar.
Intentó contener las lágrimas ante la amargura de María, su madre. Ella más que nadie sabía el sueño de Gonzalo por llegar a ser futbolista, por salir a un campo defendiendo su camiseta centenaria, por sentir el calor de un aplauso multitudinario, por comprarle como él decía todas las cosas que el gran camión no podían, pero ella merecía.
A las pocas semanas despertó en una habitación convertida en floristería con su madre al lado, como estuvo y estaría siempre.
Ella le contó todo, con mucho cuidado, para intentar suavizar lo máximo posible la realidad. Contándole que ahora podría hacer otras cosas que antes no le dedicaba tanto tiempo.
Vio como a su madre se le llenaban los ojos de compasión, de amor, observando en su mirada como ella sin pensarlo se cambiaría contad de que su hijo fuera feliz.
Él, intentó rodearla respondiendo:
Mamá, si Dios ha querido que yo vea mi vida desde una silla será por algo que aún no sabemos, pero que pronto lo descubriremos.
Mi sueño no ha muerto, se ha convertido. Pienso ser el presidente del Sevilla cuando sea mayor y ahí estarás tú, cerquita mía como ahora. Sólo por tener a alguien que piensa en ti ya es motivo para sonreír a la vida. Porque se puede estar sentado, y tener el alma en pie.
Con su chándal desgarrado, cubierto de parches muestra de la aceptada derrota de su madre a llevar al niño siempre bien puesto y unas botas asesinadas poco a poco por un balón se encontraba allí, expectante de que sus compañeros terminaran de hacer el famoso “pare-none” y empezar a jugar.
Ese día estaba especialmente ansioso por tocar la pelota. Su padre, había vuelto de esos viajes tan largos que hacía con el gran camión y le había traído un regalo para hacerle ver al niño que pequeños lujos sí se podía permitir.
Nada más y nada menos que la camiseta de lo que sería una leyenda, Davor Suker. No se podía creer que esa camiseta, ese tacto, ese escudo, ese nombre y ese número hubieran sido hechos para que él lo llevara puesto. Que le pertenecía a él, que un trocito de Davor, era suyo.
En el barrio, todo el mundo conocía a Gonzalo, niño rubio con los ojos marrones muy grandes, que, si lo veías, sabías con certeza que no muy lejos andaba un balón. Te hacía lo que tu quisieras y más. Los ancianos del banco siempre le decían: Ven hijo, asómbranos con tus maravillas.
Y éste con la sonrisa de un cumplido echaba a volar el balón para recogerlo entre algodones. Lo trataba como si se fuera a romper, finamente y con una elegancia que a más de uno robaba un: Tú no debes estar aquí, Gonzalo.
Y es cierto, Gonzalo no debía estar ahí.
Soñaba con una prueba, la prueba de Abril a la que su tío le prometió llevar. Se imaginaba llegando con su camiseta del gran Davor vestido de rojiblanco y un cartucho de ilusiones dentro del bolsillo. Un sueño en forma de balón.
Ese día, se le hizo de noche en el campito y se dio prisa para no enfadar a su madre ni hacer esperar a la recompensa que esperaba encima de la mesa.
Lo que no sabía nuestro amigo era que su futuro no quería esperar a Abril y allí en un semáforo, en un suspiro, en un instante….un coche. Gonzalo; y el silencio.
Un ladrón dándose a la fuga por haber robado en una tienda de deportes le había arrollado. ¿Existen los ladrones de sueños? ¿Cuál es la pena por robar un sueño?
Lo siguiente que recordó Gonzalo fue una luz molesta, y mucha gente hablando encima de él; estaba en una ambulancia.
Le dolía todo el cuerpo menos las piernas. “No me duelen las piernas pensaba, no me duelen, el dolor está en la espalda” En las piernas, no sentía nada, nada...nada.
En el hospital el médico se acercó al padre de Gonzalo y le dijo que la médula espinal estaba destrozada. En otras palabras... su hijo no volvería a andar.
Intentó contener las lágrimas ante la amargura de María, su madre. Ella más que nadie sabía el sueño de Gonzalo por llegar a ser futbolista, por salir a un campo defendiendo su camiseta centenaria, por sentir el calor de un aplauso multitudinario, por comprarle como él decía todas las cosas que el gran camión no podían, pero ella merecía.
A las pocas semanas despertó en una habitación convertida en floristería con su madre al lado, como estuvo y estaría siempre.
Ella le contó todo, con mucho cuidado, para intentar suavizar lo máximo posible la realidad. Contándole que ahora podría hacer otras cosas que antes no le dedicaba tanto tiempo.
Vio como a su madre se le llenaban los ojos de compasión, de amor, observando en su mirada como ella sin pensarlo se cambiaría contad de que su hijo fuera feliz.
Él, intentó rodearla respondiendo:
Mamá, si Dios ha querido que yo vea mi vida desde una silla será por algo que aún no sabemos, pero que pronto lo descubriremos.
Mi sueño no ha muerto, se ha convertido. Pienso ser el presidente del Sevilla cuando sea mayor y ahí estarás tú, cerquita mía como ahora. Sólo por tener a alguien que piensa en ti ya es motivo para sonreír a la vida. Porque se puede estar sentado, y tener el alma en pie.


<< Home