Ay Dios mío, ¿Algún día me explicarás por qué él sí y yo no?
Me levanto a las cinco y media de la mañana, intento no hacer ruido para no despertar a mis compañeros: me pongo unos pantalones que encontré y encima los que desde África un día, hace ya dos meses, me llevé. Luego voy a la esquina de la habitación donde tenemos un pequeño barreño que sirve para recoger las goteras y dejo recorrer la fría agua por mi rostro.
En los bultos del suelo, escarbando entre las ratas, cojo mi abrigo de cuadros azules y grises qué tanto me ayuda, ¡Qué tanto frío corporal me quita! Cojo un euro del bote para el bocadillo del almuerzo, mi gorro de papa Noel y el saco de los pañuelos.
Cuando llegué, un compañero que llevaba bastante tiempo en el negocio me dijo que ellos se repartían las zonas y a mí me tocó Kansas City, al lado de la estación Santa Justa. Mientras voy hacia allá sonrío a la gente con la que me cruzo. Algunos me devuelven el saludo, otros muestran indiferencia, otros miedo, y otros comienzan a aligerar su paso.
Todos llevan bolsas de tiendas, regalos envueltos o papel comprado para hacerlo mientras por el móvil esperan la aprobación de la persona por el objeto adquirido. Mujeres con botas encima de sus vaqueros y abrigos con bufandas y gorros, mimando su aspecto y su cuerpo, después de haberse dado una buena ducha, haber desayunado café con tostadas y haber hablado con el peluquero para no quedarse sin cita antes de la cena de Navidad.
Ya he llegado al sitio fijado; dejo el gran saco al lado de un semáforo, me pongo el rojo gorro, la blanca barba y aunque no tenga ni la blanca piel ni la gorda barriga de Papa Noel, intento reír igual.
Los coches pasan, todos van con prisa, todos tienen algo que hacer, pero la lucecita roja me regala un par de minutos para lograr que esta noche pueda comer un suculento pan con mortadela y si se tercia, un paquete de patatas.
Empiezo a caminar entre los coches, a todos les deseo Feliz Navidad, aunque ellos, sin saberlo, ya la tienen. Doy toquecitos en las ventanas porque parece que no me ven. Cierran los ojos, mueven el índice, leo sus labios, ladean su cabeza… me están diciendo que no. Termina mi tiempo. Espero al siguiente semáforo en rojo. Y de nuevo empiezo a regatear a los Mercedes, Seat, Ford o BMW.
Una señora de unos cincuenta años me dice que no quiere pañuelos pero me da veinte céntimos que ha logrado sacar del hueco del móvil, papeles y bolígrafos.
Se lo agradezco, ahora ella tiene el alma tranquila y a mí solo me quedan cuarenta céntimos para llegar a las patatas.
Continúo trabajando, vamos, es Navidad, ¡Que alguien se apiade de mí! Qué frío tengo, cómo cala en los huesos esta humedad. Pero no me puedo ir, tengo que comer esta noche y necesito dinero para mandarle a mi familia una carta de Feliz Navidad: les diré que estoy en la gloria, que todo es como dicen, que Europa es el paraíso, y que, cuando todo se arregle, podré mandarles dinero para que sean ellos mismos los devoradores de lo que cuidan.
Pero nadie me da nada y una triste soledad me cubre. Estoy tan lejos de mi hogar… de los que de verdad me quieren. No puedo fallarles, nos costó mucho reunir para que yo estuviera aquí y sé que mis cartas las esperan desde la más escondida mentira.
Pronto conseguiré mis papeles, el señor que vino aquí me lo prometió y me dice que está luchando por ello, que ya queda menos.
Con esos papeles podré trabajar en algo mejor, podré tener un horario fijo y un horario digno. ¡Tendré uniforme! Y me compraré una cámara digital para hacerme una foto con mis compañeros. Allí todos me verán, y mi madre llorará de felicidad.
Todos mis sueños e ilusiones se cumplirán, seré español, tendré una casa y buscaré una mujer que la quiera compartir conmigo. Seré como ellos y todos los inviernos iré a ver los escaparates de las tiendas para luego, entrar en ellas. Y escogeré un regalo, el más bonito, para después coger el móvil y llamar a mi esposa a ver qué le parece.
Y entonces, pulsando el botón para abrir el coche a distancia, entenderé lo que se siente cuando te dicen: Feliz Navidad.


<< Home