Crítica a la razón práctica

"Porque hay sueños que valen... más que todas las realidades" Antonio García Barbeito

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Lugar: Sevilla, Sevilla, Spain

4/16/2007

Saquen la moraleja

Antes de su llegada, el enemigo parecía inconmensurable, invencible. Sus banderas se extendían desafiantes allí donde alcanzaba la vista y sus cánticos se elevaban alegres, como si, en vez de tropas que aguardaban un combate, fuesen los comensales de un banquete, que esperaban impacientes la llegada de la novia.
Nuestras tropas también cantaban, pero eran frágiles letanías que ya rogaban una muerte rápida o una terrible tormenta que forzase a los comandantes, por más que insostenible, a aplazar la refriega.
Pero era tal su presencia, que apenas llegó a asomar su quebrada silueta por encima de la loma, los humores de nuestros hombres cambiaron y pronto dejaron de implorar misericordia por sus pobres almas, para comenzar a rezar, esta vez, por la de sus enemigos.
Y por más que yo consideraba a aquel anciano un cobarde, no pude sino alegrarme de intuir su figura, pues si bien hubiésemos de dar gracias al cielo si sus marchitas manos pudieran sujetar aún con firmeza una daga, no dudaba que aquel hombre sabía infundir, mejor que nadie, valor a las tropas… Y valor, más que sabiduría y prudencia, era lo que necesitamos.
Pues aquel anciano que se abría paso con torpeza hacia el campamento, era toda una leyenda entre los soldados, que cantaban orgullosos sus gestas, que según se decía, habían sido algo más de dieciséis contiendas, y de todas y cada una de ellas había salido ileso, sin un rasguño, y con la victoria a sus espaldas.
Como correspondía a mi cargo fui al instante a recibirlo, y al ver la triste bestia sobre la que venía montado, le ofrecí en seguida una de las monturas del rey. A lo que el me respondió, bien alto, para que todos lo oyeran:

- Pues sabed, que esta triste bestia, como gustáis en llamarla, sabe más del arte de la guerra que todos vuestros oficiales. Y que allí en el frente de batalla, más hará por salvar mi vida, que todos los alazanes de su majestad.

Dicho aquello se dirigió perezoso, como era ya ritual de su ceremonia, hasta alcanzar la primera fila de las tropas, saludando a los soldados que encontraban a su paso con breves inclinaciones de cabeza. Una vez allí, como si el fuese el comandante, les dirigió estas breves palabras:

- Soldados, no lustramos hoy nuestras armaduras para cegar a nuestros enemigos, sino para que su sangre resbale mejor en nuestras corazas… ¡Decidme que no hemos perdido el tiempo!

Y sin esperar respuesta, alzó su espada y, abrazando con apetito aquella rutina, espoleó su caballo y se dirigió el solo hacia el enemigo.
Contagiados por la bravura del anciano, los soldados de su majestad se precipitaron sin pensárselo contra el enemigo, y con monturas mucho más jóvenes y fuertes, no tardaron en darle alcance, y fueron rebasándole uno y otro, hasta que su triste bestia no pudo sino quedar la última.
Momento en que aquella consideró oportuno detenerse y en el que el anciano osó dejarse caer del animal y esperar en la hierba fresca, a que se decidiese la batalla.

A.F.