Crítica a la razón práctica

"Porque hay sueños que valen... más que todas las realidades" Antonio García Barbeito

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Lugar: Sevilla, Sevilla, Spain

5/24/2007

Más Sevillista que nadie

Nada más llegar a Madrid, en un sistema de transporte que siempre apoyaré, pero nunca entenderé, me robaron la cartera.
Mis objetivos de invitar al sol a cerveza y disfrutar sin saber cuánto vale su hipoteca se esfumaron en apenas dos horas desde mi llegada a la capital.
Una empresaria de lujo se convirtió de repente, en una gorrilla de los aledaños de Nervión. Pero me daba igual, mi entrada, Gracias a Dios guardada en la maleta, seguía sana y salva.

Pasó un fin de semana entre prisas, momentos de angustia y contando cada céntimo como paño en oro. Me costó aprender que si vas en las escaleras mecánicas sin prisa debes ponerte en la derecha, que hay que pedir turno para tomarte una tapa o que si querías entrar en una discoteca debías pedir un préstamo, para pagarlo por plazos.
Pero llegó el día del partido y aún estaba allí, cansada y sin dormir, con tres euros en el bolsillo, sin móvil, sin cartera, pero, con la bandera.
Me encontraba en el número 66 y debía ir al ocho. No miento si para pasar del 66 al 64 debes recorrerte aquí la Palmera entera, pero qué hacer que no fuera correr, si llegaba tarde y sólo tenía de mis dos piernas para moverme poder.
Una pareja de anciana edad atisbé a lo lejos. El señor con chaqueta y corbata y su señora, con traje de Domingo de Ramos en tonos rosados. Cansada de pitos de coches diciéndome que éramos unos gitanos, me alegré, por qué no decirlo, de cruzarme con ellos.
De repente, el hombre, soltándose del brazo de su esposa, levantó los brazos para decir: “Gitanos, desgraciados, inmigrantes, vete a tu país desgraciada que venís aquí para robarnos nuestro dinero, que sólo sabéis bailar sevillanas”.
Yo, yo no respondí, no dije nada, no me salían las palabras.
Me sentía sola, me quería ir de allí.
No veía a hinchas del Pizjuán, nadie me gritaba Viva el Sevilla, nadie ondeaba una bufanda rojiblanca, nadie me consolaba, tan lejos del hogar.
Esperando a la primera lágrima víctima de todo acumulado, me sorprendí a mí misma cuando empecé a caminar más deprisa.
No puedo explicar qué me pasó, pero era más feliz que nunca. Estaba orgullosa de llevar mi bufanda colgada de la muñeca izquierda como señal de posesión, estaba sintiendo como cuarenta y cinco mil almas me susurraban “vamos mi Sevilla, Vamos Campeón…”, los pelos se erizaban, el corazón se insinuaba, la sonrisa se despejaba… me sentía más poderosa que cualquiera de las nueva Copas de Europa, yo era del mejor equipo del mundo, no porque lo digan otros, sino porque así lo pensaba yo.

Ahí me di cuenta de la historia de mi amor, que nadie me impuso a quién debía amar, que nadie podía decirme nada porque se enfrentaban con un escudo infranqueable, que lo amaba, que yo lo amaba, y que mi tímido cántico o mi fuerte pensamiento eran mejores que cualquier momento de una vida entregada a un sentimiento. Que yo soy Sevillista con mayúsculas, que quería que el mundo lo supiese, que llevaba cien años en mis espaldas, que el Guadalquivir me acompañaba, que la marea carmesí me ayudaba a portar esa bufanda, que no estaba sola, que no era vulnerable, que daba gracias mientras corría y corría queriendo gritarles que les quería, que somos Grandes, que tenemos el mejor título: el que no se puede comprar. Ni comprar ni guardar.
Porque somos nosotros, los que hemos conseguido heredar y hacer heredar este amor que nunca muere. Y aunque otros necesiten títulos para renovar su fe, yo entré y salí de aquel frío campo gritando lo mismo: Gracias, gracias...gracias, por dejarme formar parte de ti.