Crítica a la razón práctica

"Porque hay sueños que valen... más que todas las realidades" Antonio García Barbeito

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Lugar: Sevilla, Sevilla, Spain

8/30/2006

Siempre recordaré


Cogí el vuelo 1334 destino Barcelona el lunes 21 de agosto de 2006. Iba cargada de ropa como no es de extrañar en nosotras, donde el “por si acaso” justifica veinte kilos y “los zapatos” son diecinueve de ellos.
Allí empecé a recoger recuerdos y ahora, me dispongo a contarlos.

Yo, siempre recordaré cómo me bajé de aquel avión con mi bolsa del Sevilla y la camiseta del futuro Campeón de Europa; siempre recordaré cómo la llamé riéndome por el color de los taxis mientras intentaba sin que se me cayera nada al suelo hacerle una foto; cómo busqué esos 3’75 euros en todas partes menos en el monedero; cómo abracé a esa niña con la que siempre compartí y compartiré aunque ya lejos, mi sitio en el Pizjuán; cómo cogimos el 24 mientras preguntaba al conductor dónde leches se compraba el bonobús, que más tarde comprendí la cara del pobre hombre pues eso allí no existe; siempre recordaré cuando me enseñó sus preciosas vistas mientras me decía un poco melancólica: “Está la Sagrada Familia, Montjuic, el mar…, pero no está ni la Giralda, ni el río, ni la Bombonera de Nervión…”


Siempre recordaré cuando salimos a la calle cantando sevillanas mientras podía ver en sus ojos el recuerdo de lo que fue y lo que estaba volviendo a ser; siempre recordaré cuando llegó el miércoles y fui a recogerlos al aeropuerto, cuando cambiamos todas las camisetas del Corte Inglés para que la del Sevilla fuera la primera, cuando uno se puso a tocar el himno en el piano y los trabajadores se sorprendían de nuestro orgullo, de nuestro orgullo por los cuatro costados.

Siempre recordaré aquella noche de chistes, de cachimbas y de espiritismos en apenas un par de horas, siempre recordaré cómo me despertó un amigo a las diez menos cuarto para desayunar queriéndolo matar en ese momento…
Siempre recordaré el contar las horas para que ella saliera del trabajo, el recoger el coche, el vestirlo de Sevillista, el buscar desesperadamente una salida para Tarragona…

Siempre recordaré los nervios de aquel atasco en la aduana, las ganas de dormir y no poder, el contar cada kilómetro que decía que ya quedaba menos, los bocadillos, las paradas en los bares repletos de musulmanes buscando la Meca, y nosotros por su orientación, buscando Nervión.

Siempre recordaré los mensajes a los que ya estaban en Niza restando distancias, siempre recordaré cuando llegamos, cuando fuimos por el paseo, con nuestra bandera centenaria, nuestro cansancio dormido y nuestro sueño, despierto.

Cuando llegamos al hotel de nombre sugerente, cuando abracé después de tanto tiempo, cuando me mandaron a por “glace” inventándome por tercera vez que uno andaba con el cuello regular, cuando estaba a gusto, cuando pasaban las horas, cuando ya era de día, cuando nos bajamos la botella de Mihura XXL para “aliñar” el café, cuando dormí quince minutos, cuando me despertaron unos dibujitos franceses, cuando fui a la otra habitación y no me respondían, cuando volví para llamar por teléfono a ver si así despertaba y usé el mando a distancia, cuando me paseé por el pasillo con el pijama y una “caraja” sin nombre, cuando a las diez ya estábamos montados en el coche, cuando pusimos nuestro himno, cuando queríamos que todos nos escucharan.

Siempre recordaré cuando llegamos a Mónaco, cuando desde las doce ya circulaban los productos ibéricos y no tan ibéricos, cuando paseamos mi amiga y yo a comprar pilas llorando de incredulidad y de felicidad al vernos tan lejos, y tan cerca de lo que siempre quisimos, de lo que siempre defendimos.

Siempre recordaré la vergüenza del centro comercial ante la “inesperada” soltura de los catalanes, el olor de los baños no entendiendo como podía llamarse a Francia el padre de los perfumes, las risas de mi amiga al explotar una y otra vez la única frase que sabía decir en francés: “Ye suí Sevillista, mersí mersí”

Siempre recordaré el paseo con mi policía preferido a un club de petanca, cambiando el bullicio por la tranquilidad, conociendo a un onubense que decidió pasar el resto de su vida en Mónaco, y allí pasaba las horas; entre bolas metálicas, y juegos de cartas.

Siempre recordaré a los desorganizados policías empujando a la gente mientras un señor se paseaba con una bolsa de langostinos… siempre recordaré cómo respiré cuando con mi entrada de la zona blaugrana pude entrar con los blanquirrojos, cómo nos hartamos de subir escaleras para terminar en la primera grada del Pizjuán, cómo salió nuestro blanco inmaculado al campo, cómo animamos, cómo saltamos, cómo ondeamos nuestras banderas, cómo marcamos un gol, cómo lo celebramos.

Siempre recordaré al que se sentó delante mía asegurando que su horóscopo de la Interviú decía que hoy ligaba en un gran acontecimiento y que tocar mis pies le daba suerte, cómo se lo creía...
Siempre recordaré el segundo gol, viéndonos más campeones de lo que ya éramos, las lágrimas de la ilusión, las miradas escondidas tras una bandera, los “uys…”, el tercero.

Ya éramos Campeones de Europa, los mejores de Europa, los mejores de las mejores ligas del mundo. Los mejores. Nosotros. Sólo nosotros.

Siempre recordaré cómo nos fuimos a Niza, mi amiga y yo solas en el coche, con nuestra canción preferida puesta, nuestro cigarro en mano y nuestras miradas de que toda esta espera, valió la pena.
Siempre recordaré el beso de buenas noches, el levantarme con el cuerpo temblando, el echar el Euromillón más sevillista que pudiera existir, el coger el periódico en el supermercado pensando que era como aquí los gratuitos y nos clavaron cuatro euritos…sería “le papier”, como decía la señorita de la caja.

Siempre recordaré el haber estado allí, lo narrable y lo innarrable, lo soñado y lo despierto, lo bonito y lo precioso.
Siempre podré mirar al pasado y si algún día olvido, volver a leer lo que fue, lo que pasó, lo que sentí al ver en una copa tantos sueños idénticos, tantas ilusiones cumplidas, tanto orgullo recibido.

Tanto Sevillismo disfrutado.

8/15/2006

De quelqu'un spécial

"Esta historia es íntegramente verídica y ocurrió una semana después de nuestro diez de mayo"

Aún no eran las siete de la mañana, y él, como cada día, ya se había levantado para prepararle el desayuno y traerle la medicación; no era conveniente que tomara las medicinas con el estómago vacío.
Pronto se cumplirían los cuatro años desde que esta tarea se asentó en sus vidas y no por dolorosa era pesada para él; la hacía con todo el amor y cariño que sentía por ella, hacía un mes que habían cumplido los cuarenta y cinco años de matrimonio y la seguía queriendo como el primer día.


Antonio, su hijo menor que aún vivía en casa, ya se había marchado al trabajo; lo hacía cada día a las seis de la mañana.
María se sentía triste postrada en la cama, sin poder valerse por sí misma y viendo como su Manuel se desvivía por ella, como él era sus pies y sus manos, lo quería, sí, pero ahora aún más incluso que antes, antes de que esa maldita parálisis la dejara postrada en la cama y comprobara el cariño y la abnegación que sentía por ella.

Manuel tardaba, nunca tardaba tanto, seguro que está oyendo las noticias por si dicen algo de su Sevilla Campeón, qué alegría se llevó el miércoles Dios mío, como disfrutó María al ver las lágrimas de alegría que brotaban de Manuel viendo como su Sevilla ganaba la final.
¡Manuel!, lo llamó, ya tardaba mucho, pero éste no contestó. ¡Manuel!, insistía; ahora empezaba a asustarse.

De nuevo, otra llamada y de nuevo, sin respuesta. ¿Por qué no contesta? No ha salido, no he oído la puerta, ¡Manuel! gritó de nuevo.
No podía ser, se tenía que enterar de sus llamadas. Intentó incorporarse, no podía, sólo guardaba un poco de fuerza en los brazos, las piernas dormían desde hacía ya mucho tiempo.

Las ocho de la mañana, no puede ser, ¡Manuel!.
Algo ha pasado, algo le ha pasado a mí Manuel, insistía en la llamada, ahora gritaba todo lo que podía, pero ni aun así. Tengo que ver qué pasa, se dijo, y como pudo, dejándose caer por el lateral de la cama, logró tumbarse en el suelo, y allí con los brazos y haciendo un enorme esfuerzo, iba arrastrándose hacia donde ella creía que se podía encontrar Manuel. Gritaba mientras se movía con suma dificultad, pero seguía sin recibir respuesta.

Llegó a la puerta de la habitación y divisó el pasillo que conducía al salón, nada, no lo veía.
Los vecinos empezaron a escuchar gritos, pero no lograban situarlos, ya eran las ocho y media de la mañana y los niños se preparaban para ir al colegio.
María continuó su penoso camino hacia el salón gritando cada vez que paraba para recuperar fuerzas, pero éste se hacía interminable, ya, ya estoy llegando, un nudo se hacía en su garganta, no quería mirar, no quería volver la cabeza esquivando la puerta de entrada al salón. ¡Manuel!, gritó de nuevo, nada.
Estará en la cocina, pretendía engañarse, los codos le dolían, y en un nuevo esfuerzo logró entrar en el salón, y ahora ya sí, ya lamentablemente vio lo que se temía y lo que no quería ver por nada en el mundo.

Manuel yacía de rodillas en el suelo y con el cuerpo sobre el sofá, sobre el mismo sofá en el que tanto disfrutó y saltó hacía sólo dos días viendo a su equipo campeón.
Sin saber cómo, ni de dónde le venían las fuerzas, gritando de dolor por la imagen, sin sentir el que sufría su maltrecho cuerpo, llegó a su lado y trató entre llantos y lamentos despertarlo, no pudo, Manuel se fue. Manuel se había ido.

Los vecinos alarmados por los gritos y llantos habían llamado a la policía, que intentaba entrar en el domicilio desde patios vecinos o ventanas, pero no podían. Tirar la puerta era la única opción ya que María tampoco contestaba a las llamadas que desde el exterior se le hacían.
Se forzó la puerta, y al pasar al salón se los encontraron a los dos, Manuel, inmóvil sobre el sofá; María, abrazada sollozando a sus pies. Ni pudo, ni quiso moverse del lado de su Manuel, y allí esperó a que alguien llegara.
Eran entonces las diez de la mañana.

María no quería que la lleváramos de nuevo a la cama, no se quería separar de él, y aún con la tristeza invadiendo su corazón, no paraba de darnos las gracias.

D.S.S.Q.E.E.P.