Crítica a la razón práctica

"Porque hay sueños que valen... más que todas las realidades" Antonio García Barbeito

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Lugar: Sevilla, Sevilla, Spain

12/31/2006

Y Brindando...

Brindo porque este año sea el mejor que el anterior y los mejores momentos de éste sean en el que sigue, los peores.
Brindo porque riamos cuando recordemos el 2007 y se desgasten las esquinas de los álbumes de fotos.
Brindo porque sigamos viviendo y pensando que si no hubiera estado allí nunca te lo habrías perdonado.
Brindo porque no te pierdas nada que quisiste y no pudiste.
Brindo porque seamos felices…
Brindo…
…….
Grindo dambién podque Iberia haga un bono pá los Sevillista y Los Amarillos uno pál Betis.
Grindo podque no te atagantes con las uvas como ziempre me pasa a mi….
Grindo podque vale, el dinelo no da la felicidad pedo prefiero llora en un ferraliii…
Grindo dorgue deganmosss buuuuchos existooossss...
Glindo pol un beti – sevilla atletico…
Grindo dorke no t’acuestez sin sepillar…ejem...los dieeeeentessssss….
Y Buidadiiiin gon da carretera, eeeeeh buchachoooossss….hip…ziiii gebes noooo gondusgas¡!hip… gringo ooootra vesss borgue zzziii cohone¡!

GELIZ ANNIO¡¡¡

12/30/2006

La Felicidad

Cuenta la leyenda que en cierta ocasión se reunieron todos los Dioses en el gran terreno neutral, El Olimpo, para crear al hombre y a la mujer.
Planearon hacerlos a su imagen y semejanza, con su fuerza e inteligencia, pero entonces el Dios de la Envidia dijo: “Un momento, si vamos a hacerlo idénticos a nosotros estaremos haciendo nuevos Dioses y podrían ser rivales en el futuro; por tanto debemos quitarles algo, pero, ¿El qué?”

Después de meses de discusiones, Ares, el Dios de la Guerra, dijo: “Ya sé, vamos a quitarles la Felicidad, y la esconderemos para que no la encuentren jamás”.

El infeliz Edipo se adelantó lamentando que la Felicidad no existía, por tanto no tenían por qué esconderla.

Pero Zeus aprobó la idea y los Dioses empezaron a pensar dónde podrían esconder el preciado sentimiento.

Poseidón fue el primero en hablar: “Lo esconderemos en la más recóndita esquina del mar, allí nadie la encontrará”.
Pero se dieron cuenta de que iban a tener inteligencia y que construirían poderosos navíos hasta dar con ella.

Entonces Hades propuso lo siguiente: “El mejor sitio será debajo de la tierra”.
Pero todos supieron de la curiosidad que tendría su creación y tarde o temprano excavarían el suelo que pisan.

El Dios Helios pensó en el Sol: “Es una gran bola de fuego a la que por temor nunca accederán y por tanto nunca conocerán la felicidad”.
Pero volvieron a recaer en la inteligencia y sabían que sobrepasarían las leyes de lo físico con tal de encontrar la Felicidad y decírselo a todos los demás.

Entonces, una dulce Diosa, la virginal Atenea, que había estado meditando durante toda la discusión, habló: “Ya sé dónde esconder la Felicidad para que jamás la encuentren”.
Todos se giraron expectantes a la sentencia de la Diosa de la Sabiduría: “La esconderemos dentro de ellos mismos. Estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán”.

Todos sonrieron.



12/26/2006

Ay Dios mío, ¿Algún día me explicarás por qué él sí y yo no?


Me levanto a las cinco y media de la mañana, intento no hacer ruido para no despertar a mis compañeros: me pongo unos pantalones que encontré y encima los que desde África un día, hace ya dos meses, me llevé. Luego voy a la esquina de la habitación donde tenemos un pequeño barreño que sirve para recoger las goteras y dejo recorrer la fría agua por mi rostro.

En los bultos del suelo, escarbando entre las ratas, cojo mi abrigo de cuadros azules y grises qué tanto me ayuda, ¡Qué tanto frío corporal me quita! Cojo un euro del bote para el bocadillo del almuerzo, mi gorro de papa Noel y el saco de los pañuelos.


Cuando llegué, un compañero que llevaba bastante tiempo en el negocio me dijo que ellos se repartían las zonas y a mí me tocó Kansas City, al lado de la estación Santa Justa. Mientras voy hacia allá sonrío a la gente con la que me cruzo. Algunos me devuelven el saludo, otros muestran indiferencia, otros miedo, y otros comienzan a aligerar su paso.
Todos llevan bolsas de tiendas, regalos envueltos o papel comprado para hacerlo mientras por el móvil esperan la aprobación de la persona por el objeto adquirido. Mujeres con botas encima de sus vaqueros y abrigos con bufandas y gorros, mimando su aspecto y su cuerpo, después de haberse dado una buena ducha, haber desayunado café con tostadas y haber hablado con el peluquero para no quedarse sin cita antes de la cena de Navidad.

Ya he llegado al sitio fijado; dejo el gran saco al lado de un semáforo, me pongo el rojo gorro, la blanca barba y aunque no tenga ni la blanca piel ni la gorda barriga de Papa Noel, intento reír igual.
Los coches pasan, todos van con prisa, todos tienen algo que hacer, pero la lucecita roja me regala un par de minutos para lograr que esta noche pueda comer un suculento pan con mortadela y si se tercia, un paquete de patatas.

Empiezo a caminar entre los coches, a todos les deseo Feliz Navidad, aunque ellos, sin saberlo, ya la tienen. Doy toquecitos en las ventanas porque parece que no me ven. Cierran los ojos, mueven el índice, leo sus labios, ladean su cabeza… me están diciendo que no. Termina mi tiempo. Espero al siguiente semáforo en rojo. Y de nuevo empiezo a regatear a los Mercedes, Seat, Ford o BMW.
Una señora de unos cincuenta años me dice que no quiere pañuelos pero me da veinte céntimos que ha logrado sacar del hueco del móvil, papeles y bolígrafos.
Se lo agradezco, ahora ella tiene el alma tranquila y a mí solo me quedan cuarenta céntimos para llegar a las patatas.
Continúo trabajando, vamos, es Navidad, ¡Que alguien se apiade de mí! Qué frío tengo, cómo cala en los huesos esta humedad. Pero no me puedo ir, tengo que comer esta noche y necesito dinero para mandarle a mi familia una carta de Feliz Navidad: les diré que estoy en la gloria, que todo es como dicen, que Europa es el paraíso, y que, cuando todo se arregle, podré mandarles dinero para que sean ellos mismos los devoradores de lo que cuidan.
Pero nadie me da nada y una triste soledad me cubre. Estoy tan lejos de mi hogar… de los que de verdad me quieren. No puedo fallarles, nos costó mucho reunir para que yo estuviera aquí y sé que mis cartas las esperan desde la más escondida mentira.

Pronto conseguiré mis papeles, el señor que vino aquí me lo prometió y me dice que está luchando por ello, que ya queda menos.
Con esos papeles podré trabajar en algo mejor, podré tener un horario fijo y un horario digno. ¡Tendré uniforme! Y me compraré una cámara digital para hacerme una foto con mis compañeros. Allí todos me verán, y mi madre llorará de felicidad.
Todos mis sueños e ilusiones se cumplirán, seré español, tendré una casa y buscaré una mujer que la quiera compartir conmigo. Seré como ellos y todos los inviernos iré a ver los escaparates de las tiendas para luego, entrar en ellas. Y escogeré un regalo, el más bonito, para después coger el móvil y llamar a mi esposa a ver qué le parece.

Y entonces, pulsando el botón para abrir el coche a distancia, entenderé lo que se siente cuando te dicen: Feliz Navidad.



12/21/2006

Feliz Navidad


Muchos critican la Navidad como un ataque del capitalismo salvaje en el que nuestras tarjetas piden piedad y los bares nos abren la puerta de par en par.
Pero viendo cómo actúa nuestro instinto, y maldiciendo el no poderlo cambiar; no sé qué pasaría si no tuviéramos fechas de paz. No existiría ese momento en el que el ambiente flojea nuestro gran órgano, cogemos el abrigo, el teléfono o el móvil y dedicamos esas letras que tanto significado conllevan.

Una indescriptible melancolía nos cubre, echamos de menos lo que no vamos a tener pero sonreímos por volvernos a ver. El espíritu más inocente y vulnerable baja expulsando a la arrogancia dejando desnudo todo aquello que durante el año, entre atascos y “mp3s” no escuchamos. Echamos de menos a los que están lejos, a los que están más cerca pero no podemos hablar; perdonamos a los que nos hirieron, nos acordamos de los que olvidamos, sonreímos a los que no mucho afecto tenemos, y abrazamos a los que antes, no había motivo por el que hacerlo, pero lo estabas necesitando.

Presta esa tímida mirada, regala pensando en lo que dice no en lo que lleva, desea de verdad lo mejor para tu prójimo, borra los malos momentos en una pizarra de tiza, recarga el móvil y llama al que piensas que pensará que no piensas en él, vete con los tuyos, levántate sonriendo, di lo que tu vergüenza no se atreve a contar, sincérate contigo mismo, no eches de menos a nadie sin que él lo sepa, brinda por seguir así toda la vida, da gracias por todo lo que crees que no te mereces, recuerda lo que te haya pasado este año, pide lo mejor para el siguiente, ponte zapatos cómodos y plántate con el mejor regalo: “tú” en casa de quien no se lo espere, ruega por repetir otra Navidad, porque se cumplan tus sueños, no te arrepientas de lo que hiciste si fuiste feliz, disfruta de los que más te quieren y alégrate porque haya alguien que su mayor alegría sea verte bien, adorna tu casa de portales y árboles, compra champán, reserva las uvas, termina la carta de Reyes Magos, vístete de gratos recuerdos, no pases frío, perdona el pasado y piensa en lo mucho que queda en el futuro, sé veraz, sé tú, date una oportunidad, camina hacia ellos, acércate, míralos a los ojos… y deséales: Feliz Navidad.

12/06/2006

Un tal...

Basado en un texto de David Maqueda.

Y mirando hacia arriba, intentando ver lo que las nubes impedían, me encontraba yo, Davor Suker, aprendiz de italiano en tierras sevillanas y croata de nacimiento jugando en zona griega.
Quién me lo iba a decir cuando llegué a Sevilla; Sevilla… cómo puedo olerla desde aquí, desde tan lejos pero tan cerca, cómo puedo sentir los aplausos del Pizjuán, los ojos de mi familia, la sonrisa de los míos. Cómo puedo tocar la felicidad, cómo me gusta jugar con ella…
Cómo me alegro de aquel partido contra el Salamanca, sabiendo que yo tenía que ir, que no podía fallar a los sevillistas, que no podía fallar a mi Sevilla.
Por eso ahora tienes que marcar, Davor, tienes que hacerlo por ellos, por los que sueñan con verte celebrar un gol, quitarte la camiseta, hacerles ver, que son grandes.
Que si lloran, lloren de melancolía, que si cogen el calendario, sea para organizarse para el próximo partido, y que si celebran algo, no sea para olvidar.
Mira el balón, mira la portería, no es imposible, lo imposible es para los cobardes, y tú has sido valiente Davor, tú siempre has ido con el corazón, por eso te has enamorado, por eso se han enamorado, por eso quieres volver, por eso quieres quedarte.

El estadio está repleto, todos de pie, nadie se fía de mí, ¿Más presión? No, más orgullo. Que griten, que me intenten transmitir miedo, que me intimiden, que me desnuden, que hagan lo que quieran, yo sólo escucho a la bombonera, yo sólo escucho a mi afición, porque es mi afición, porque es la única que puede nombrarme y yo, mirarles.

“Métela croata, métela”, me grita Juan Carlos desde atrás. El sudor me recorre la frente, la tensión me sale de cada poro, mi cuerpo grita. Hay que marcar.
Yo dije que no quería ver la tele los miércoles y prometo no verla, prometo no verla porque estaré jugando y seré yo, el que ocupe la pequeña pantalla, será a mí al que me verán, seré yo el que aparecerá escrito en letras de oro en el campo de mi vida, en el de mi corazón, en el que siempre me acompañará.

Uno, dos, tres, cuatro pasos hacia atrás. Ya no escucho a la grada griega, ahora escucho a los blanquirrojos, a los palanganas, ahora veo la Giralda, el río, la Torre del Oro, ahora veo a Sevilla. Ahora veo a mi ciudad. Vamos, deja de pensar, y dedícate a escribir historia en corazones legendarios.
No sé si la fallaré, no quiero, no puedo hacerlo, tengo que marcar, no pienses eso Davor, tienes que lograrlo, tienes que hacerlo por ellos, tienes que luchar, tienes que creer, tienes que pensar que se puede, que se siente, que sólo nosotros, podemos lograrlo.
Quiero salir como entré, por la puerta grande, no quiero que me olviden, no quiero morir, quiero ser perenne, quiero ser Sevillista aquí y dónde decida partir, no quiero olvidar a qué huele ese campo, cómo suenan sus palmas, cómo me animaban, cómo eran mi otro yo.

Ahora los oigo, a todos, a los que están y a los que no están, a los del primer, segundo y tercer anillo. A los que creyeron y a los que dudaron, a los que siempre están y a los que se van a ratos. Ahora todos me miran, demuéstraselo Davor… vuélvete inmortal.

Suena el silbato…



… va por ustedes.