Crítica a la razón práctica

"Porque hay sueños que valen... más que todas las realidades" Antonio García Barbeito

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Lugar: Sevilla, Sevilla, Spain

6/30/2006

Las dos almas


Ya estaba sentado. Con su manta a cuadros y sus pies en alza, se disponía acompañado de un güisqui doble con poco hielo a ver su partido del domingo. Le dolía el cuello, había dormido mal aquella noche; las manos le temblaban, no sabía si de nervios o de años que sujetaban.

Hacía calor, mucho calor. Se quitó la camiseta a pesar de su timidez y se la colocó de visera. La gorra, se había quedado en casa. Miraba la bandera ondeándose orgullosa tras el sol ansioso de verano, miraba las gradas, repletas gradas, cada uno matando los grados como podía: botella de agua y gafas de sol, era el plato preferido.

Aprovechando la ausencia de la señora, de su bolsillo derecho salió un cigarrillo. La promesa de encenderlo cuando empezase el partido había sido nula. “Preciosas utopías que solo quedan bien en los escritos…” decía mientras una chulesca sonrisa aparecía en su rostro. “No siempre querido amigo, no siempre”

Aceptado ya el calor físico, decidió trasladarlo a su interior. Su voz cantaba junto a todas pero sonaba como ninguna; sus palmas al compás, inyectaban adrenalina transparente al ambiente y su bufanda se agitaba convirtiendo la bombonera en un auténtico molino de ilusiones blanquirrojas.

Intentaba calmarse tocando su estampa de arrugado papel y corroída por las esquinas.
Todo había cambiado menos ella, sus ojos, y lo que sus ojos veían.
Sus torpes puños apretaban ante la impotencia de su cuerpo a hacer algo más. “Pásala aquí, abre a banda, no la dejes escapar… bien chaval, bien”

Miraba el marcador, aun no había goles. El de detrás, desesperado, le decía que se quedara sentado de una vez que él también quería ver el partido. “Agua, dame agua…” que no puedo más. Los nervios ya calaban por las entrañas. Decidió levantarse, bajar las escaleras y quedarse allí… mejor de pie, pensaba.

El segundo cigarro ya ligaba entre sus labios, estamos siendo mejores y vamos a ganar se repetía tranquilizando a su brazo izquierdo que ya resentía.

Gol.

Corrió como si él lo hubiera marcado, se lanzó, abrazó al primero que quisiera corresponderle, aplaudió dejándose la piel; lloró una, dos, e incluso tres veces; gritó dejándose la voz… la camiseta, se había perdido en la euforia.

Cerró los ojos; el cigarro ya consumido, cayó al suelo; abrazó a la bufanda; aplaudió sin manos, lloró sin lágrimas, gritó sin voz, saltó sin piernas.

Y el teléfono sonó.
Tras un brusco movimiento de una cadera maltratada logró alcanzarlo.
“Antonio, su Sevilla está imparable…”
“Lo sé…”; respondía mientras se limpiaba el sudor y se secaba las lágrimas con su manta de cuadros azul, la misma, que posada sobre sus rodillas…

A la bandera

Dime tejedor, qué le has metido a este trozo de tela que con cada bordada va un sentimiento, con cada trazada una ilusión y con cada tono, un corazón.
Dime tejedor qué tiene ese rectángulo para haber sido elegido, qué ha hecho para ganarse el honor de llevar mil almas entre hilos.
Dime, cuál es la diferencia que tiene con las demás para poder ser mi bandera de los cien años.
Quiero que me cuentes por qué. Por qué me gusta acariciarla, por qué me gusta acercarla hacia mí y aspirar cien olores blanquirrojos.

Cuéntame por qué podría pasarme horas y horas envidiando al viento de tener la suerte de bailar con ella.
Cuéntame el secreto que tiene, para que esto que posa sobre mis rodillas mientras escribo mueva cien almas con cien sueños en cien años de vida.
Dime el veneno que le has metido, tejedor, para que sea perenne su belleza y cada año que pase se vaya esparciendo entre las venas hasta llegar a un punto en el que sabes que antes de nacer, ella estaba esperándote.
Explícame por qué la quiero tanto, por qué la miro y sonrío, por qué mi amor por ella crece cada día, por qué la necesito, por qué no tengo un sueño ya que mi sueño es ella, por qué le pido años para pasar otro siglo junto a ella.
Por qué aun siento ese sudor frío que me estremece sabiendo que me espera, ondeándose orgullosa en el cielo, juntando tela, hilos, pasión y sentimiento.

Te suplico, tejedor, que me digas que no soy la única loca que puede enamorarse de un suspiro, y que me cuentes que jugaremos con el tiempo para hacer inmortal esto que cala por la sangre y por los huesos.
Que habrá otros cien años, con otras cien historias de cien sevillistas. Que habrá otras cien lágrimas, otras cien pasiones y otros cien suspiros que nazcan, desde donde los sueños se confunden.

6/20/2006

Cuarenta años


Cuarenta años.
Cuarenta años sin una mañana de abril, sin un azahar de primavera, sin una tarde de feria, sin una mirada en alza para observar el Giraldillo, sin un Jueves Santo, sin un partido del Sevilla, sin Sevilla.
Cuarenta años, cuatro décadas en el exilio, cuando tuve que venir aquí, a la curva de ballesta de Machado, a la orilla del Duero.

Tardé mucho, mucho tiempo en dejar entrar al verbo “echar de menos” en mi vida, ya fuera por comodidad o por cobardía; pero hoy, dieciséis de febrero de dos mil seis, tras un par de copas en la barra de un bar con aire melancólico, cuento en las esquinas de una servilleta mi propia: Crónica de Nervión.


Con una maleta en la mano, un plano en el bolsillo y tres gotas por la mejilla le conté a mi amada el adiós, adiós que soñaba con ser un hasta luego.
Mi corazón latía con fuerza, mis manos me temblaban y una sensación fría me recorría todo el cuerpo. No sabía por qué, ahora que había encontrado un trabajo digno y debía estar feliz sólo se me ocurría querer quedarme y vivir en la miseria.
Pero me monté en el tren con ojos que desnudaban, temiendo olvidar y acabar inventándome mi propio sentimiento, que al final, de tanto despecho, me lo terminaría por creer.

Y así la dejé, con una tristeza que asustada, dándome cuenta de la simplicidad de mi existencia en este mundo, donde nadie me había preguntado si yo quería ser feliz, si quería quedarme o quería irme, si quería continuar durmiendo bajo su aire o quería pasar frío por el norte de nuestro país. Pero no, nadie se molestó y tuve que resignarme en coger aquel vagón de las seis de la tarde donde algo que más que setecientos kilómetros arrasarían al marchar.

Llegué a la estación de Valladolid donde un señor muy bien vestido y un cartel en la mano me esperaba. Mi cara de cansancio, ojerosa y apenada no formaban un conjunto muy deseado para la dura crítica de la primera vez, pero ni mi sonrisa disfrazada de formalidad pudo evitar un: ¿Te ha sentado mal el tren?

Comencé mis primeros días con una pena que me envenenaba cada vez más, intentando mantener la cabeza ocupada con lo que fuera para no dejar entrar ni la sombra del olvido en mí. Y así pasaron los años, viviendo en una mentira, haciéndome creer que no me faltaba nada, que así era feliz, ganando dinero y viviendo bien.
Pero dicen que cuando enfermas y te curas, si vuelves a recaer es mucho peor que la primera vez.
Cierto.
Una mañana de octubre mientras iba a coger el coche vi a dos muchachos, o mocitos como se diría aquí. Uno de ellos, el más alto mostraba una bandera extendida de color carmesí. La miré y pensé: cómo me puede sonar algo que nunca he visto.
Me acerqué hasta ellos y le pregunté al que la portaba: Perdona, esa bandera, ¿Qué significa?
“Es la bandera del centenario del Sevilla F.C. señor”
Mi rostro ruborizado por mi ignorancia me impidió volver a mirarla, le dije gracias y me fui.
Desde esta zona de España, las noticias sevillistas apenas llegan, y si lo hacen, son para reprochar alguna actuación de nuestro equipo.
Sabía que era su centenario, pero que existía una bandera con valor de cien años lo desconocía.
No dejé de pensar en toda la noche en aquel trozo de tela que me había traído tantos recuerdos erróneamente olvidados.
Como yo no podía ir a buscarlo, él me vino a buscar a mí.

Quería volverlo a ver, quería volver a pisar su estadio. No os podéis imaginar lo afortunados que sois los que cada domingo vais al Pizjuán. No sabéis lo afortunados que sois de poder gritarle te quiero y que te oiga, de poder gritar gol y hacer el grito general más fuerte, de poder ensalzar la bandera haciendo caso omiso al dolor de los brazos. No sabéis lo afortunados que sois de poder soñar cada quince días junto a él, de poder decir en casa: Hoy el fútbol es a las 9, llegaré sobre las 11 y cuarto.
No lo sabéis, no lo sabéis bien. Porque sólo se valora algo cuando se pierde.
Porque yo le quería, pero no se lo dije las veces suficientes que debía haberlo hecho.
Porque usar el verbo “deber” en pasado es sinónimo de no haber actuado bien.
Porque tenéis vuestro sentimiento al alcance de vuestros ojos, y no como yo, que tengo que consolarme con ir a robarle susurros cada noche entre sueños.

6/18/2006

Historias de un abuelo

Para Juan Ramón:


Sevilla, 2 Febrero de 1937.

Estaba más triste que nunca. Con un frío que superaba al abrigo y se calaba en los huesos, yo corría entre caras pálidas, pobreza y hambre.
La ciudad había perdido su color, estaba bañada de un gris apagado que expulsaba desdichas gritando que cualquier tiempo pasado, fue mejor.
Yo, soldado de las tropas nacionales no por devoción, me dirigía a la calle Francos número 6 a la búsqueda de un chivatazo. Decían que en aquella casa se estaba fabricando propaganda republicana y teníamos orden de búsqueda, captura y muerte.

Una mujer me observaba por la calle pidiendo ayuda con los ojos, mostrando el cuerpo de su hijo desnudo tiritando y agarrado a su madre sin entender nada, sólo lloraba. Sólo lloraba.
La casa era un edificio de tres plantas, subí las escaleras corriendo, como si estuviera huyendo de la conciencia que tanto me atormentaba…
No quería manchar mis manos de nuevo por algo que ni yo entendía.

A mi padre no le habían dejado elegir. Teníamos una tienda; una acogedora panadería en la calle Pureza, rozando a la iglesia de mi Esperanza. La Virgen a la que no me volvería atrever a mirar a la cara. A la que tanto me había llevado mi padre, y yo tanto me había enamorado. No tenía valor para volver y que viera en lo que me convertido.
Un asesino.


La puerta cayó. Había mucha gente en la casa; dos o tres familias. Se oían gritos desesperados, gritos de muerte, llantos de pérdida, angustia, mucha angustia.
Nos desplegamos según las instrucciones. Yo me dirigí a una habitación. La puerta crujía y una bruma de polvo me nubló la vista.
En el centro, una cama cubierta de una manta azul y bajo la luz de la ventana una mesa corroída con lápices de colores desparramados. Era el cuarto de un niño.
Mis pasos respiraban venganza y mi corazón mostraba vergüenza. Sentía el hastío de mi respiración, vaga, confusa y turbia martilleando mi alma que cada vez pesaba más.
Miré detrás de la puerta, nada. Debajo de la cama, nada. Estaba vacía.
Me di la vuelta y pobre de mi oído cuando oyó un sonido de terror cautivo dentro del armario. Me acerqué a ella rezando… por no encontrarme a nadie dentro. Inocente de mí.

Allí, empotrados contra la pared, me encontré con cuatro ojos mirándome entregados al miedo, rojos de horror aguantado la mínima lágrima que pudiera hacer ruido.
Un padre aguantaba a su hijo delante de él, silenciándole la boca.
Tuve un diálogo con su alma. Me pedía piedad, me pedía vivir, me pedía que dejara seguir respirando a lo que más quería.
Su hijo, miraba hacia arriba inmóvil, con esos ojos. Qué ojos.
Azules intensos, plenos de inocencia, de asombro, de miedo, de comprender nada, y de comprender miedo.
Agarrando a su padre como si la misma vida fuese, en su mano tenía un cuaderno y en la otra un lápiz rojo. No le había dejado su padre ni dejarlo en la mesa.
No pude evitar mirar el dibujo.
Un escudo.
Al mirarlo sentí mi corazón arder de melancolía...mi memoria me había alcanzado.
Me vino a la mente imágenes de mi niñez, de mi padre, cuando entre cliente y cliente me decía: Jesús, tiene once, once barras…
Sentí una tarde de domingo, sentí ese sol abrasador acariciando mi piel. Sentí un grito, un abrazo, un gol, un “uy”, un vamos, un sentimiento, un equipo, mi equipo.
Sentí los colores de Sevilla. Sentí de nuevo felicidad, amor, cariño. Sentí a mi Esperanza haciéndome soñar con esos ojos marrones penetrantes rogándome valentía.

Los pasos firmes del pasillo me hicieron regresar a la realidad.
Miré al padre… y la lágrima más pura de agradecimiento se escapó.
Miré al niño, al escudo y cerré la puerta.
Una voz fría como el hielo me hizo girarme: ¡Gutiérrez! ¿Hay alguno aquí?
“No señor, no hay nadie”

-----o-----

Pasó tiempo, mucho tiempo hasta que el sol volviese a pasearse por aquí. Ya entonces Sevilla volvía a ser Sevilla. El azahar se encargaba de perfumarla cada día, el río la acompañaba y la Giralda la vigilaba. Yo, sin molestarla, la observaba. Se estaba poniendo guapa. Había derbi.
Cogí mi bandera casi tan vieja como yo y con mi nieto, nos fuimos los tres a soñar.
El respirar de mi pecho jadeante, ahincando el paso con el cuerpo hacia delante, vencido y apoyado sobre un bastón notaba como los años no pasan en balde.
Le mandé a comprar un paquete de pipas mientras yo iba adelantando.
Poco duraría mi equilibrio al venir un muchacho tocándome lo justo para perderlo. Ya me veía yo viendo mi derbi vestido de marrón cuando unos brazos me agarraron con fuerza. Agradecido, me di la vuelta cuando…

….esos ojos….

Eran esos ojos, los que nunca olvidé, azules como el mar, a los que un día les regalé vida.
Él, ignorante, me sonreía ante mi mirada asombrada de saber que le había vuelto a encontrar. Y sin buscarlo.
No supo que era yo, pero yo sí sé quién era él y acariciándole el brazo sin dejar de ver esos ojos intactos al tiempo comprendí todo lo que había regalado aquel 2 de febrero de 1937.

6/16/2006

Su vida

Siento envidia, mucha envidia, de todos vosotros, aquellos que me escucháis y aquellos que nunca llegarán a oírme. Siento envidia del aire cálido que pasa por cada pulmón feliz y siento envidia de cada carcajada despreocupada que al pasear veo en las calles ignorantes. Envidia, siento envidia, de cada abrazo que conmigo no comparten, de cada mano entrelazada entregando seguridad y cariño, de cada mirada cumplidora, de cada chaqueta prestada al frío de invierno. Envidia.
Porque cuando se está triste es cuando mejor se escribe, y porque si eso se cumpliera, Calderón me tendría que hacer un sitio en sus sueños.

Desde mi nacimiento fui un indeseado, fruto de un matrimonio obligado joven e inexperto; muestra de la irresponsabilidad de los que se hacían llamar padres, y yo, castigado antes de actuar, entre sábanas viles, vine al mundo.
Mis abuelos me achacaban la infelicidad de mi madre que solo hacía llorar y repetir que le había destrozado la vida con mi presencia, mientras mi padre, me saludaba enseñándome las escasas monedas que había tenido que sudar durante horas para que yo, tumbado e inocente, las gastara.
Aún siento ese frío agudo de noche por no tener mantas y esos llantos desgarrados de hambre, mientras mis vecinos me amenazaban con echarme a la calle, donde apenas, creo yo, notaría diferencia.

Dicen que de lo que recibes, das la mitad; y que lo nunca tienes nunca echas de menos.
Pero yo sí lo eché. Eché de menos un beso de buenas noches, un: ¿Quieres un poco más para comer?, un ¿Te echo más agua?, un: Escribe la carta para los Reyes Pablo, que hay que echarla al buzón.
Eché de menos que mi madre me contara cuentos, eché de menos que alguien me enseñara a contar y que alguien se sentara conmigo delante de la tele a ver los dibujos animados.
El sufrimiento formaba ya parte de mí, era un desgraciado que si se hubiera muerto hubiera dado algún que otro desasosiego, un triste infeliz que Dios no quiso antes de pronunciar la primera palabra.
Tuve que aprender a caminar solo, entre caídas y labios rotos, aprendí a callar mis sentimientos y a encontrar mi catedral sagrada para cuando mi padre volviese enfadado del trabajo.
Así me hice más huraño, más frío, más impasible, más solitario. Yo era mi mejor amigo y los libros, mi mejor consuelo.

Lo que nunca pensé fue que me presentarían a la felicidad, y que ella estaba incluida en un sueño compartido; nunca pensé que un día al pasar por la fábrica de sueños cargado de bolsas que ninguna iba para mí alguien me arrastrara a soñar con ellos.
Y fue una frase, una simple frase, la que me regaló el mejor regalo de reyes:
“El Sevilla FC es un club para todos los hombres, de cualquier nivel social, ideas religiosas o políticas, que tendrán aquí cabida”
Esa frase, dedicada para todos y llegada a muchos, había sido hecha para mí. Y yo también quería escribirla; y sentirla, y promulgarla, y gritarla, y vivirla, y soñarla.

No pudiendo pagarme el carné me metí de seguridad y durante noventa minutos me sentía feliz. Feliz. Feliz.
Tímidamente me asomaba al terreno de juego y soñaba con poder ir algún día con mi entrada, o por qué no, con mi propio carné, a sentarme en esas gradas con una bandera entrelazada a la mano; el nudo que demostrara que lo que cuelga de mi brazo, también es mío.
Creo que fue el tiempo el que quiso secarme y abrazar cada lágrima que derramé en mi triste infancia. Creo que fue alguien que se apiadó de mí y me dejó ser feliz. Creo que fue ella, la mujer que más quise y sigo queriendo aunque hoy ya desde el cielo, la que me regaló un trozo de vida por la que seguir luchando. Creo que fue mi vida la que me enseñó a tratar como la porcelana cada gesto de cariño. Creo que fueron mis dos hijos, a los que llevé a mi Pizjuán entre lágrimas y ellos, sin entender, preguntaban: Papá, ¿Por qué lloras...?

Sevillista

Rozarlo, es cuanto más deseas…
Sentirlo, es con lo que sueñas…
Vivirlo, es por lo que mueres.

Trátalo… como al más frágil de los pensamientos.
Vívelo… como si volvieras a nacer.
Quiérelo… como lo hizo aquel un catorce de octubre.
Míralo… como si recuperaras la vista.
Espérale, como un niño espera un día de Reyes, o nómbralo como la primera vez que se dice: Papá.

Cuando sepas que…no tienes ganas de nada menos de él.
Cuando se te arrugue la voz al pronunciarlo.
Cuando tengas que domesticar tu sueño empeñado en soñar.
Cuando quieras recorrerlo como a la primera mujer que desnudaste.
Cuando acuses al calendario de sólo existir una vez el domingo
Cuando sepas que cada derrota es un ladrillo fabricando tu sentimiento.
Cuando no encuentres una explicación a esto que sientes.
Cuando debas agarrar tu orgullo al verlo salir al campo.
Cuando sin pensarlo estés susurrando sus cánticos.
Cuando tengas celos del aire que acaricia la bandera.
Cuando tú casa sea su escudo y sepas que jamás dejarás de amarlo…
Sólo y entonces, serás Sevillista.