El buen periodismo
Cuando somos pequeños y nos preguntan qué vamos a ser de mayor tenemos un repertorio tan inocente como utópico, pasando desde superhéroe a “sencillamente” millonarios. Pero algo que he podido comprobar con el paso de los años ha sido mi fidelidad a un camino: el periodismo. Con lo difícil que es recordar lo que cada amigo ha decidido estudiar (sobre todo ahora que estamos en un mundo donde cada vez sabemos más, de menos) a mí aún no me han preguntado qué es lo que finalmente decidí. Y eso me abruma.
Con ganas de aprender, me llegó el primer día de carrera un artículo de un polaco llamado Ryzarsd Kapuscinsky titulado: “El buen periodismo”.
Antes de él, yo ya tenía mis propios “héroes” como Julia Navarro, Antonio Burgos o Juanma Trueba, entre otros; pero ninguno logró que me quedase días y meses, y por qué no decirlo, años, pensando la inmensidad de aquellas palabras que muy pocos periodistas llegan a plantearse a lo largo de su carrera.
La idea principal del artículo venía a decir que un periodista debía ser, ante todo: una buena persona. Porque tenía la responsabilidad de ser la voz de los demás, porque podía moldear y crear nuevos pensamientos, porque jugaba con la confianza de los demás y porque tenía la ventaja de saber ya, qué te quería contar. Eso me hizo reflexionar mucho, porque yo, aunque aún no tenga el derecho de decirlo (pero no puedo evitar sentirlo) amo, esta profesión. Y creo en ella. Y considero que es necesaria, que es bonita, que es humanitaria, que da vida a las palabras, que las vuelve importantes. Que son artistas por lograr transmitir sin contacto físico sentimientos y emociones a través de comas y puntos, de adjetivo y de sustantivos, de pronombres y adverbios. Y porque una persona que va al quiosco, se gasta su dinero y su tiempo en leerte: tú debes corresponderle. Dando lo mejor de ti. Y no mintiendo ni aprovechando tu superioridad momentánea ni tus minutos contados de protagonismo. Por ello y por mucho más, lo que los sevillistas hemos vivido estos últimos días en programas de telebasura (o telemierda), puedo asegurar que no son periodistas. Porque ni siquiera son personas.
Con ganas de aprender, me llegó el primer día de carrera un artículo de un polaco llamado Ryzarsd Kapuscinsky titulado: “El buen periodismo”.
Antes de él, yo ya tenía mis propios “héroes” como Julia Navarro, Antonio Burgos o Juanma Trueba, entre otros; pero ninguno logró que me quedase días y meses, y por qué no decirlo, años, pensando la inmensidad de aquellas palabras que muy pocos periodistas llegan a plantearse a lo largo de su carrera.
La idea principal del artículo venía a decir que un periodista debía ser, ante todo: una buena persona. Porque tenía la responsabilidad de ser la voz de los demás, porque podía moldear y crear nuevos pensamientos, porque jugaba con la confianza de los demás y porque tenía la ventaja de saber ya, qué te quería contar. Eso me hizo reflexionar mucho, porque yo, aunque aún no tenga el derecho de decirlo (pero no puedo evitar sentirlo) amo, esta profesión. Y creo en ella. Y considero que es necesaria, que es bonita, que es humanitaria, que da vida a las palabras, que las vuelve importantes. Que son artistas por lograr transmitir sin contacto físico sentimientos y emociones a través de comas y puntos, de adjetivo y de sustantivos, de pronombres y adverbios. Y porque una persona que va al quiosco, se gasta su dinero y su tiempo en leerte: tú debes corresponderle. Dando lo mejor de ti. Y no mintiendo ni aprovechando tu superioridad momentánea ni tus minutos contados de protagonismo. Por ello y por mucho más, lo que los sevillistas hemos vivido estos últimos días en programas de telebasura (o telemierda), puedo asegurar que no son periodistas. Porque ni siquiera son personas.

